LA LLEGADA DEL REY
Marcos 11:1-6
Cuando iban llegando, ya cerca de Jerusalén, a Betfagué y a Betania, Jesús mandó por delante a dos de Sus discípulos diciéndoles:
-Entrad en la aldea que tenéis enfrente, y, en cuanto entréis encontraréis un borriquillo atado en el que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traédmelo. Y si alguien os pregunta por qué estáis haciéndolo, decidle: "El Señor lo necesita; e inmediatamente lo devolverá."
Ellos se adelantaron, y encontraron el borriquillo atado a la entrada de una casa en plena calle, y lo desataron. Y algunos de los que estaban por allí les dijeron:
-¿Qué estáis haciendo desatando el borriquillo?
Y ellos les dijeron lo que Jesús les había dicho que dijeran, y los dejaron marcharse.
Hemos llegado a la última etapa del viaje de Jesús. La había precedido la retirada alrededor de Cesarea de Filipo en el extremo Norte; luego habían pasado un tiempo en Galilea; habían estado después en las montañas de Judea y en Transjordania; habían pasado por Jericó, y ahora llegaban a Jerusalén.
Tenemos que fijarnos en algo sin lo cual la historia es casi ininteligible. Cuando leemos los tres primeros evangelios, tenemos la idea de que esta fue la primera visita de Jesús a Jerusalén. Están interesados en contarnos la historia de la obra de Jesús en Galilea. Debemos tener presente siempre que los evangelios son muy cortos; en su corto espacio se apiña la obra de tres años, y los autores no tenían más remedio que seleccionar las cosas en las que querían insistir y de las que tenían un conocimiento especial. Y cuando leemos el cuarto evangelio, encontramos a Jesús frecuentemente en Jerusalén (Juan 2:13; 5:1; 7:10). De hecho encontramos que Jesús subía regularly a Jerusalén para las grandes fiestas. No hay ninguna contradicción en este punto. Los tres primeros evangelios están interesados especialmente en el ministerio de Jesús en Galilea; y el cuarto, en el de Judea. Sin embargo, también los primeros tres contienen indicaciones de que Jesús visitaba Jerusalén con cierta frecuencia. Tenemos Su estrecha amistad con Marta y María y Lázaro, una amistad que supone muchas visitas. Tenemos el hecho de que José de Arimatea era un amigo secreto Suyo. Y, sobre todo, tenemos el dicho de Jesús en Mateo 23:37, de que Jesús había querido a menudo reunir a los habitantes de Jerusalén como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, pero ellos Se lo habían impedido. Jesús no podría haber dicho eso si no fuera porque había hecho más de una llamada, que había recibido una fría respuesta. Esto explica el incidente del borriquillo. Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Sabía lo que iba a hacer, y tiempo atrás había hecho los preparativos con un amigo. Cuando envió por delante a dos de Sus discípulos, les dio una consigna que había concertado de antemano: "El Señor lo necesita." Esto no fue una decisión improvisada y repentina de Jesús. Fue algo hacia lo que se había ido desarrollando toda Su vida.
Betfagué y Betania eran aldeas cercanas a Jerusalén. Probablemente Betfagué quiere decir casa de higos, es decir, región abundante en higueras y el comercio de los higos; y Betania quiere decir casa de dátiles, por razones parecidas. Deben de haber estado muy cerca de Jerusalén, porque sabemos por la ley judía que Betfagué era una de un círculo de aldeas que marcaban el límite de lo que se podía andar en sábado, es decir, cosa de un kilómetro; mientras que Betania era uno de los lugares dormitorio para los peregrinos de la Pascua cuando Jerusalén estaba llena.
Los profetas de Israel habían tenido a veces una manera característica de presentar su mensaje. Cuando las palabras resultaban insuficientes, recurrían a la acción dramática, como si dijeran: "Si no queréis oír, no tendréis más remedio que ver" (Compara especialmente 1 Reyes 11:30-32). Estas acciones dramáticas eran lo que podríamos llamar advertencias o sermones representados. Ese método fue el que Jesús empleó aquí. Su acción fue una presentación dramática deliberada de Sus credenciales como Mesías.
Pero debemos fijarnos bien en lo que estaba haciendo. Había un dicho del profeta Zacarías (Zacarías 9:9): "¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene a ti, justo y salvador, pero humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna." Todo el impacto está en que el Rey venía en son de paz. En Palestina, el asno no era una acémila despreciada, sino un animal noble. Cuando un rey iba a la guerra, su montura era un caballo; pero cuando iba en son de paz, cabalgaba en un asno. Ahora el burro es el paradigma del desprecio divertido, pero en los tiempos de Jesús era una montura de reyes. Pero debemos advertir la clase de Rey que Jesús proclamaba ser. Vino manso y humilde, pacíficamente y para traer la paz. Le saludaron como Hijo de David, pero no Le comprendieron.
Fue hacia este tiempo cuando se escribió el poema hebreo Los salmos de Salomón. Representan la clase de hijo de David que esperaban los judíos. Aquí tenemos su descripción:
Míralo, Señor, y suscítales un rey, un hijo de David, en el momento que tú elijas, oh Dios, para que reine en Israel tu siervo. Rodéale de fuerza, para quebrantar a los príncipes injustos, para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, destruyéndola, para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad, para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero, para machacar con vara de hierro todo su ser, para aniquilar a las naciones impías con la palabra de su boca, para que ante su amenaza huyan los gentiles de su presencia y para dejar convictos a los pecadores con el testimonio de sus corazones. (Salmos de Salomón 17:21-25).
Esa era la clase de poesías con las que los judíos alimentaban y alentaban sus esperanzas. Esperaban a un rey que guerreara y derrotara y destruyera. Jesús lo sabía, y vino manso y humilde, cabalgando en un borriquillo.
Cuando Jesús entró cabalgando aquel día en Jerusalén, presentó Sus credenciales como Rey, pero como Rey de la Paz. Su acción estaba en contradicción con todo lo que la gente esperaba y deseaba.
COMENTARIO EXPLICATIVO
Para entender la magnitud de este momento, imagínate la escena como si fuera una pelicula de la época. La gente de Israel llevaba siglos viviendo bajo el látigo de ejércitos extranjeros: primero los babilonios, luego los griegos y, en ese momento, las botas de los soldados romanos. Estaban cansados de pagar impuestos abusivos, de ver a paganos gobernar su tierra y de ser tratados como ciudadanos de segunda clase. Por eso, cuando leían sus escrituras y sus poemas religiosos, soñaban con un Mesías que fuera una mezcla de Rambo y Alejandro Magno: un guerrero feroz montado sobre un gran caballo blanco, con espada en mano, listo para masacrar a los romanos y bañar en sangre a los enemigos del pueblo.
¿Y qué hace Jesús? Les rompe el esquema por completo. Él no llega a caballo ni con un ejército de hombres armados hasta los dientes. Jesús manda a buscar un borriquito joven, un asno. Hoy en día asociamos al burro con la terquedad o la tontería, pero en el Oriente Medio antiguo era un animal muy respetado. Sin embargo, había una diferencia clave: si un rey venía para la guerra, cabalgaba un brioso caballo de combate; si venía en son de paz, a visitar a su pueblo sin violencia, cabalgaba un asno.
Jesús montó en ese burrito para dar un sermón sin palabras. Fue como poner un letrero gigante que decía: "Sí, soy el Rey que esperaban, pero no he venido a derramar la sangre de sus enemigos, sino a entregar mi propia sangre por ustedes. No vengo a imponer un imperio terrenal a fuerza de espadas, sino a reinar en sus corazones con amor, perdón y paz".
Fíjate también en un detalle hermoso: Jesús no improvisó esto. La clave "El Señor lo necesita" demuestra que ya tenía todo cuadrado con un amigo de la zona. Jesús planeaba su entrega con absoluta serenidad. Él tenía el control de la historia y caminaba hacia Jerusalén con el corazón dispuesto a salvar a la humanidad, aunque la masa esperara un héroe militar y no al Salvador del alma.
EL QUE VIENE
Marcos 11:7-10
Le trajeron el borriquillo a Jesús, y pusieron sus mantos sobre él y montaron a Jesús encima. Muchos de ellos extendieron sus mantos por la carretera, y otros cortaban ramas en los campos y las extendían sobre la carretera. Y unos iban delante y otros detrás sin dejar de gritar:
-¡Salva ahora! ¡Bendito sea el Reino de nuestro padre David que viene! ¡Envía Tu salvación desde las alturas del Cielo!
El asnillo que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque una acémila que hubiera de usarse para un propósito sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente. Así se estipulaba, por ejemplo, de la ternera roja cuyas cenizas limpiaban de la contaminación (Números 19:2; Deuteronomio 21:3).
El cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo. Curiosamente recuerda la entrada de Simón Macabeo en Jerusalén 150 años antes, después de aplastar a los enemigos de Israel en batalla: "Y a los veinte y tres días del mes segundo del año ciento y setenta y uno, entró en ella con alabanzas, y con ramos de palma, con arpas, y órganos, y címbalos, e himnos, y cantares, por cuanto el enemigo grande de Israel había sido quebrantado" (1 Macabeos 13:51). Le querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de la clase de conquistador que Él quería ser.
Los mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos. Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacían exactamente lo mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2 Reyes 9:13). Gritaban: "¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!" Era una cita del Salmo 118:26, que debería leerse con una puntuación diferente: "¡Bendito en el nombre del Señor sea el Que viene!"
Hay aquí tres cosas acerca del grito en las que debemos fijarnos.
- (i) Era el saludo normal que se dirigía a los peregrinos cuando llegaban al Templo con ocasión de las grandes fiestas.
- (ii) "El Que viene" era el Mesías. Cuando los judíos hablaban del Mesías se referían a Él como El Que viene.
- (iii) Pero es todo el origen del salmo del que procedían las palabras lo que las hacía tremendamente sugestivas. En el año 167 a.C. había surgido un rey extraordinario en Siria que se llamaba Antíoco. Había concebido la idea de que su deber era ser misionero del helenismo, e introducir la manera griega de vivir, el pensamiento griego y la religión griega hasta donde le fuera posible; hasta, si era necesario, por la fuerza. Trató de hacerlo en Palestina.
Por un tiempo sojuzgó Palestina. El tener un ejemplar de la Ley o el circuncidar a un niño eran crímenes que se castigaban con la muerte. Profanó los atrios del Templo. De hecho, hasta instituyó el culto del dios griego Zeus donde se había adorado a Jehová. Como un insulto deliberado ofreció carne de cerdo en el gran altar de los holocaustos. Convirtió las cámaras que bordeaban los atrios del Templo en burdeles. Hizo, en fin, todo lo que pudo por desarraigar la fe judía.
Fue entonces cuando se rebeló Judas Macabeo; y después de una alucinante carrera de victorias, expulsó de Palestina a Antíoco y purificó y consagró de nuevo el Templo, un acontecimiento que conmemoraba, y todavía conmemora, la Fiesta de la Dedicación, en hebreo Januká. Y es muy probable que el Salmo 118 se escribiera para conmemorar aquel gran día de purificación, y para celebrar la victoria que había obtenido Judas Macabeo. Es el salmo de un conquistador.
Una y otra vez vemos la misma tendencia en este incidente. Jesús había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor, sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de Israel.
En los versículos 9 y 10 aparece la palabra hosanna. Esta palabra se suele entender equivocadamente. Se cita y se usa como si fuera una alabanza; pero es una simple transcripción de la palabra hebrea que quiere decir ¡Salva ahora! Aparece en exactamente la misma forma en 2 Samuel 14:4 y 2 Reyes 6:26, donde expresa el clamor del pueblo que pide ayuda y protección por parte del rey. Cuando el gentío gritaba hosanna, no era un grito de alabanza a Jesús, que es lo que parece cuando lo citamos o usamos, sino un grito que se dirigía a Dios para que irrumpiera y salvara a Su pueblo ahora que el Mesías había venido.
Ningún otro episodio nos muestra tan claramente como este el tremendo coraje de Jesús. En aquellas circunstancias, uno podría haber esperado que Jesús Se introdujera en Jerusalén de incógnito, y Se mantuviera a cubierto de las autoridades, que estaban dispuestas a eliminarle. En vez de eso, entró de tal manera que atrajo la atención de toda la gente. Una de las cosas más peligrosas que una persona puede hacer es dirigirse a un pueblo y decirle que todas sus ideas están equivocadas. Cualquiera que intente desarraigar los sueños nacionalistas de un pueblo se está buscando problemas. Pero eso fue precisamente lo que hizo Jesús. Aquí Le vemos haciendo la última llamada del amor, y haciéndola con un coraje verdaderamente heroico.
COMENTARIO EXPLICATIVO
Pensemos en lo cambiante que es la multitud. La escena del Domingo de Ramos suele pintarse muy bonita en los cuadros: gente sonriendo, niños cantando y ramas de palma al viento. Pero la realidad era un caldero político y religioso a punto de estallar.
La multitud tiraba sus mantos al suelo. En la cultura de la época, poner la ropa propia en el camino por donde pisaba un rey o un jefe militar significaba sometimiento total; era como decir: "Pisa sobre mis pertenencias, tú eres mi líder superior". Además, cantaban fragmentos del Salmo 118 y gritaban "¡Hosanna!".
Muchos creyentes usan hoy la palabra "Hosanna" como si fuera un equivalente de "¡Aleluya!" o "¡Viva Dios!". Pero en hebreo original, Hosanna significa literalmente: "¡Sálvanos ahora, por favor!". Era el grito desesperado de un pueblo aplastado que le suplicaba a Dios: "¡Manda el rescate ya, liquida a los romanos!". La multitud asociaba a Jesús con Judas Macabeo, un antiguo guerrero libertador que había limpiado la ciudad a fuerza de sangre y coraje años atrás.
Aquí está la trágico ironía: la masa no estaba aplaudiendo a Jesús por lo que Él realmente era, sino por lo que ellos querían que Él fuera. Querían un vengador político. Por eso, cuando vieron días después que Jesús se dejó arrestar sin pelear, que no convocó un ejército ni bajó fuego del cielo contra Pilato, la misma gente que gritaba "¡Hosanna!" el domingo, pasó a gritar "¡Crucifícalo!" el viernes.
Esto nos deja una lección para la vida diaria: ¿Buscamos a Dios por quien Él es, o solo para que cumpla nuestros caprichos y expectativas terrenales? Si seguimos a Cristo solo para que nos dé prosperidad o nos resuelva la vida a nuestro modo, nos decepcionaremos igual que aquella multitud. Además, mira el coraje de Jesús: Él sabía perfectamente que esa multitud lo iba a traicionar en unos días, y aun así avanzó de frente, sin esconderse, dando la cara por la salvación de todos.
LA CALMA ANTES DE LA TEMPESTAD
Marcos 11:11
Y Se adentró en Jerusalén y entró en el Templo. Después de mirarlo todo alrededor, como ya era tarde, Se fue a Betania con los Doce.
Este sencillo versículo nos muestra dos cosas que eran características de Jesús.
- (i) Nos muestra a Jesús decidiendo Su táctica. Todo el ambiente de los últimos días era de deliberación. Jesús no Se estaba metiendo inconscientemente en peligros desconocidos. Todo lo hacía con los ojos bien abiertos. Cuando miró todo alrededor era como un general que estudiará la fuerza del enemigo y sus propios recursos para la batalla decisiva.
- (ii) Nos muestra cómo recibía Jesús Su fuerza. Volvió a la paz de Betania. Antes de enfrentarse con los hombres buscó la presencia de Dios. El secreto de Su coraje era que tenía un encuentro con Dios cada día antes de salir al encuentro con los hombres.
Este breve pasaje nos muestra también algo acerca de los Doce. Todavía estaban con Él. Por entonces ya se habían dado cuenta perfectamente de que Jesús estaba jugándose la vida. Así les parecía a ellos. Algunas veces los criticamos por su falta de lealtad en los últimos días; pero es una prueba a su favor que, comprendiendo tan poco lo que estaba pasando, todavía se mantuvieron con Él.
COMENTARIO EXPLICATIVO
Este versículo parece muy corto y de paso, pero es vital. Imagina la escena: después del bullicio, los gritos de la multitud y la entrada triunfal, Jesús llega al Templo. No arma un escándalo de inmediato. Se limita a caminar despacio, observando todo a su alrededor en silencio. Mira las mesas de los negociantes, el desorden, los abusos... Lo analiza todo como un comandante que inspecciona el terreno antes de la batalla.
Jesús no actuaba por impulso ni por un ataque de rabia descontrolada. Sabía lo que iba a hacer al día siguiente y fue a descansar a Betania, a un hogar amigo donde podía orar, respirar y llenar su alma de la paz del Padre Celestial.
Aquí hay un principio gigante para nosotros en el día a día: antes de enfrentar los grandes problemas de la vida, antes de tomar decisiones difíciles o reaccionar ante una injusticia, necesitamos la calma de la oración. No se puede luchar contra el mundo si no hemos recargado el espíritu a solas con Dios. Jesús buscaba a Dios en lo privado para tener la fuerza de mantenerse firme ante los hombres en lo público.
Y no olvidemos a los discípulos: aunque no entendían la teología profunda de la cruz y estaban temblando de miedo porque sabían que las autoridades querían matar a Jesús, ahí seguían, pegados a Él. Su amor por el Maestro era más fuerte que su propia ignorancia.
LA HIGUERA ESTÉRIL
Marcos 11:12-14, 20-21
Cuando al día siguiente iban saliendo de Betania, Jesús tenía hambre. Vio una higuera frondosa en la distancia; y Se dirigió a ella para ver si tenía algún fruto. Cuando Se acercó, vio que no tenía más que hojas, porque todavía no era el tiempo de los higos. Y Jesús le dijo:
-¡Que nadie coma nunca tu fruto!
Y Sus discípulos Le oyeron decirlo.
Cuando iban pasando por la carretera al día siguiente de madrugada vieron que la higuera se había secado, desde sus raíces. Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho el día antes y dijo:
-¡Maestro! ¡Fíjate! ¡La higuera que maldijiste se ha secado!
Aunque la historia de la higuera se encuentra separada en dos partes en Marcos, la tomamos en conjunto. La primera parte sucedió la mañana del primer día, y la segunda parte la mañana del día siguiente, y cronológicamente la Purificación del Templo sucedió entre ambas partes. Pero, como estamos tratando de descubrir el sentido de la historia, lo mejor será que las consideremos juntas.
No cabe duda que, sin excepción, esta es la historia evangélica más difícil de entender. El tomarla literalmente como un reportaje de algo que sucedió tal como se nos cuenta presenta dificultades que nos parecen insuperables.
- (i) La historia no parece cierta. Francamente, todo el incidente no parece digno de Jesús. Parece haber una cierta petulancia en el relato. Es la clase de historias que se cuentan de ciertos milagreros, pero nunca de Jesús. Además, tenemos esta dificultad fundamental: Jesús siempre Se había negado a usar Sus poderes milagrosos en Su propio provecho. No quiso convertir las piedras en pan para saciar Su propia hambre. Se negaba a usar Sus poderes milagrosos para escaparse de Sus enemigos. Él no usó nunca Su poder en Su propio provecho. Y sin embargo aquí parece usar Su poder para destruir un árbol que Le había defraudado cuando tenía hambre.
Peor todavía: toda la acción carece de sentido. Era la época de la Pascua, es decir, al principio de la primavera. La higuera, si se encuentra en un lugar protegido, puede que haya echado hojas para entonces, pero nunca da fruto hasta el final de la primavera o en principio del verano, mayo o junio. Marcos dice que no era tiempo de higos. ¿Por qué destruir un árbol por dejar de hacer lo que no le era posible hacer? Sería, no sólo irracional, sino también injusto. Por eso algunos comentadores, para salir del paso, dicen que Jesús estaba buscando higos verdes, todavía sin madurar, en sus primeras etapas; pero tales higos verdes son desagradables, y no se comen nunca.
Toda esta historia no parece estar de acuerdo con Jesús en absoluto. ¿Qué podemos decir acerca de ella?
Si hemos de tomar esto como el relato de algo que sucedió efectivamente, debemos tomarlo como una parábola representada. Debemos, de hecho, tomarla como una de aquellas acciones proféticas, simbólicas, dramáticas. Si la tomamos de esa manera, puede interpretarse como la condenación de dos cosas.
- (i) Es la condenación de la promesa sin su cumplimiento. Las hojas del árbol se podían interpretar como una promesa de fruto; pero no había fruto. Es la condenación específica del pueblo de Israel. Toda su historia había sido una preparación para la venida del Escogido de Dios. Toda la promesa de su tradición nacional era que, cuando el Escogido viniera, estarían ansiosos por recibirle. Pero cuando vino de hecho, esa promesa no se cumplió.
- Charles Lamb cuenta la historia de un cierto Samuel le Grice. Hubo tres etapas en su vida. Cuando era joven, se decía de él: "Será algo." Cuando ya fue mayor, y no llegó a nada, dijeron: "Podría ser algo, si quisiera." Hacia el final, decían de él: "Habría podido ser alguien, si lo hubiera intentado." Su vida era la historia de una promesa que no se cumplió nunca. En este incidente tenemos una parábola representada que simboliza la condenación de la promesa que no se cumple.
- (ii) Es la condenación de la profesión sin la práctica. Podría entenderse que el árbol con sus hojas profesaba ofrecer algo, pero no tenía nada que dar. Todo el clamor del Nuevo Testamento es que una persona sólo se puede conocer por los frutos de su vida. "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7:16). "Producid frutos dignos de arrepentimiento" (Lucas 3:8). No es el que dice piadosamente "Señor, Señor," el que entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de Dios (Mateo 7:21). A menos que la religión le haga a uno mejor persona y más útil, y más feliz su hogar, y una vida mejor para los que están en contacto con él, no es religión ni nada que se le parezca. Nadie puede pretender ser un seguidor de Jesucristo y seguir siendo tan totalmente distinto del Maestro a Quien profesa amar.
Si tomamos este incidente literalmente y es una parábola representada, ese debe de ser su sentido; pero, por muy relevantes que sean estas lecciones, parece difícil extraerlas del incidente, porque era totalmente irracional esperar que la higuera produjera higos cuando todavía faltaban seis semanas.
Entonces, ¿qué podemos decir? Lucas no cuenta este episodio, pero tiene la parábola de la higuera estéril (Lucas 13:6-9). Ahora bien, esa parábola tiene un final indeciso. El amo de la viña quería desarraigarla, pero el jardinero propuso que se le diera otra oportunidad. Al parecer se le dio la última oportunidad; y se quedó de acuerdo que si daba fruto se la dejaría, pero si no se la quitaría de en medio. ¿No podría ser que este incidente fuera una especie de continuación de esa parábola? El pueblo de Israel había tenido su oportunidad. No se había conseguido que diera fruto, y entonces llegó el tiempo de su destrucción. Se ha sugerido -y es perfectamente posible- que en el camino de Betania a Jerusalén hubiera una higuera solitaria seca. Bien puede ser que Jesús dijera a Sus discípulos: "¿Os acordáis de la parábola que os conté acerca de la higuera estéril? Israel sigue siendo estéril, y será destruido como ese árbol." Bien puede ser que aquel árbol solitario se asociara en la mente de algunos con el dicho de Jesús acerca del destino de la esterilidad, y así surgió la historia.
Que el lector lo tome como mejor le parezca. A nosotros nos parecen insuperables las dificultades para tomarla literalmente. Nos parece ser de alguna manera relacionada con la parábola del árbol estéril. Pero, en cualquier caso, la lección del pasaje es que la inutilidad invita al desastre.
COMENTARIO EXPLICATIVO
A primera vista, este pasaje choca a cualquiera. Uno lee que Jesús le da hambre, va a una higuera, no encuentra higos porque no era la época, y seca el árbol. Cualquiera pensaría: "Pero qué culpa tiene el árbol si no era la temporada de dar fruto, ¿por qué Jesús se enojó tanto?".
Para entenderlo bien, debemos comprender cómo funcionan las higueras en la Tierra Santa. En esos árboles, las hojas y los primeros pequeños brotes de fruto suelen salir al mismo tiempo. Un árbol lleno de hojas verdes le está gritando al caminante desde lejos: "¡Ven aquí, que ya tengo fruto para ti!". La higuera en cuestión aparentaba tener comida, pero cuando Jesús se acercó, estaba vacía; solo tenía follaje, pura fachada.
Jesús usó esta higuera como un mensaje gráfico, una dramatización para enseñar una lección espiritual profunda. El árbol representaba a la religión oficial de Jerusalén y a muchas personas religiosas de todos los tiempos.
Hay tres lecciones clave para nuestro día a día:
- La trampa de las apariencias: Hay mucha gente que parece muy piadosa por fuera. Van al templo, llevan biblias gigantes, se saben todos los coros y hablan bonito (tienen muchas hojas verdes). Pero cuando te acercas a sus vidas buscando el fruto de la honestidad, el amor, la paciencia o la generosidad en su hogar o trabajo, están secos y vacíos.
- Promesas incumplidas: Israel tenía las escrituras, el templo y los sacerdotes; prometían ser el pueblo de Dios, pero cuando Dios vino en la persona de Jesús, lo rechazaron. La promesa se quedó en pura palabrería.
- La inutilidad trae ruina: Un árbol que consume agua, abono y espacio en la tierra sin dar nada a cambio, no sirve. Una fe que no produce buenas obras ni cambia la vida de una persona es una fe muerta.
Jesús no destruyó el árbol por rabia de tener el estómago vacío, sino para dejar una advertencia imborrable en la mente de los discípulos: a Dios no lo deslumbran las hojas bonitas ni la religiosidad externa; Dios busca frutos reales de amor y arrepentimiento.
LA IRA DE JESÚS
Marcos 11:15-19
Llegaron a Jerusalén, y cuando Jesús entró en el recinto sagrado, empezó a echar a los que vendían y compraban en el lugar santo, y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas; y no permitía que nadie llevara ninguna carga por el lugar sagrado. La carga de Su enseñanza y de lo que decía era:
-¿Es que no está escrito: "Mi casa será llamada una casa de oración para todos los pueblos;" pero vosotros la habéis convertido en una guarida de bandoleros?
Los principales sacerdotes y los maestros de la Ley Le oyeron, y se pusieron a buscar la manera de eliminarle; pero tenían miedo de Él, porque toda la concurrencia estaba alucinada con Su enseñanza.
Y cuando llegó la tarde, Él salió de la ciudad.
Nos imaginaremos mejor esta escena si tenemos en mente la configuración del recinto del Templo. Hay dos palabras para templo íntimamente relacionadas en el Nuevo Testamento. La primera es hierón, que quiere decir el recinto sagrado. Esto incluía la totalidad del área del Templo, que cubría la cima del monte Sión y tenía una extensión de unos 30 acres. Estaba rodeada de grandes murallas que variaban, a cada lado, de 400 a 300 metros de longitud. Había un amplio espacio exterior que se llamaba el Atrio de los Gentiles. Allí podía entrar cualquiera, fuera judío o gentil. En el límite interior del Atrio de los Gentiles había una pared baja con carteles que decían que si un gentil pasaba aquel punto tenía la pena de muerte. El siguiente atrio se llamaba el Atrio de las Mujeres. Se llamaba así porque ninguna mujer podía pasar más adelante a menos que viniera a ofrecer sacrificio. El siguiente era el Atrio de los Israelitas. En él se reunía la congregación en las grandes ocasiones, y desde él se entregaban las ofrendas a los sacerdotes. El atrio más interior era el Atrio de los Sacerdotes.
La otra palabra importante es naós, que quiere decir el Templo propiamente dicho, y que estaba en el Atrio de los Sacerdotes. Toda la zona, incluyendo todos los diferentes atrios, era el recinto sagrado (hierón). El edificio especial que estaba dentro del Atrio de los Sacerdotes era el Templo (naós). Este incidente tuvo lugar en el Atrio de los Gentiles. Poco a poco el Atrio de los Gentiles se había ido secularizando totalmente. Se había diseñado para ser un lugar de oración y de preparación; pero tenía en tiempos de Jesús un ambiente comercializado de compra-venta que hacía imposibles la oración y la meditación. Lo que ponía las cosas todavía peor era que el negocio que se practicaba allí era una vergonzosa explotación de los peregrinos.
Cada judío tenía que pagar un impuesto al templo de medio siclo al año. Eso suponía unas 12 pesetas. No parece mucho, pero hay que tener en cuenta que el salario medio diario de un obrero era 7 pesetas. Ese impuesto tenía que pagarse en una clase especial de moneda. Para los propósitos normales, la moneda griega, romana, siria, fenicia, tina eran todas igualmente válidas; pero este impuesto tenía que pagarse en siclos del santuario. Se pagaba hacia el tiempo de la Pascua. Venían judíos de todas las partes del mundo para la Pascua, y con toda clase de monedas. Cuando iban a cambiar su dinero, tenían que pagar un impuesto de 2 pesetas, y tenían que tener la cantidad exacta para el impuesto, porque si había que devolverles algo tenían que pagar otras 2 pesetas para que se les diera el cambio. Casi todos los peregrinos tenían que pagar ese extra de 4 pesetas antes de pagar su impuesto. Debemos recordar que eso suponía la mitad del salario de un día, lo que era una cantidad de dinero considerable para la mayoría.
Las palomas se incluían ampliamente en el sistema sacrificial (Levítico 12:8; 14:22; 15:14). Un animal para el sacrificio tenía que ser sin defecto. Las palomas se podían comprar bastante baratas fuera del Templo; pero los inspectores de los sacrificios era seguro que les encontrarían algún defecto; así es que se aconsejaba a los adoradores que las compraran en los puestos del templo. Las palomas costaban fuera 7 pesetas la pareja, y dentro nada menos que 150 pesetas. De nuevo se trataba de un abuso; y lo que lo hacía aún más flagrante era que este negocio de compra-venta pertenecía a la familia de Anás, que había sido sumo sacerdote.
Los mismos judíos eran plenamente conscientes de este abuso. El Talmud nos dice que Rabí Simón ben Gamaliel, al enterarse de que una pareja de palomas costaba dentro del Templo una moneda de oro, insistió en que el precio se redujera a una moneda de plata. Fue el hecho que explotaran a los pobres y humildes peregrinos lo que provocó la ardiente indignación de Jesús. El gran investigador Lagrange, que conocía tan bien el Oriente, nos dice que la misma situación se daba todavía en su tiempo en La Meca. El peregrino que busca la divina presencia se encuentra en medio de un gentío ruidoso donde la única finalidad de los vendedores es cobrar el precio más alto posible, y donde los peregrinos discuten y se defienden con igual fiereza.
Jesús usó una metáfora gráfica para describir el atrio del Templo. La carretera de Jerusalén a Jericó era famosa por sus bandoleros. Era una carretera estrecha y sinuosa que pasaba entre desfiladeros rocosos. Entre las rocas había cuevas en las que los bandidos acechaban, y Jesús dijo: "Hay bandidos peores en los atrios del Templo que los de las cuevas de la carretera de Jericó."
El versículo 16 contiene la extraña afirmación de que Jesús no permitía que nadie llevara una bolsa por los atrios del Templo. De hecho el atrio del Templo se usaba como un atajo para ir de la parte oriental de la ciudad al monte de los Olivos. La misma Misná establece: "Una persona no puede entrar en el recinto del templo con bastón, o sandalias, o bolsa, ni con polvo en sus pies, ni lo puede usar como un atajo." Jesús estaba recordándoles a los judíos sus propias leyes. En Su tiempo los judíos respetaban tan poco la santidad de los atrios exteriores del Templo que los usaban como lugar de paso para sus recados y negocios. Fue a las propias leyes de los judíos a las que Jesús quería dirigir la atención de ellos, y fueron sus propios profetas los que les citó (Isaías 56:7 y Jeremías 7:11).
¿Qué suscitó hasta tal punto la ira de Jesús?
- (i) Se indignó con la explotación de los peregrinos. Las autoridades del Templo estaban tratándolos, no como adoradores, ni siquiera como seres humanos, sino como objetos que se podían explotar para sus propios fines. La explotación del hombre por el hombre siempre provoca la ira de Dios, y más aún cuando se hace so capa de religiosidad.
- (ii) Estaba indignado con la profanación del santuario de Dios. La gente había perdido el sentido de la presencia de Dios en la casa de Dios. Al comercializar lo sagrado estaban profanándolo.
- (iii) ¿Es posible que Jesús tuviera un motivo más profundo para Su indignación? Citó Isaías 56:7: "Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos." Sin embargo, en el Templo que se consideraba supremamente la misma casa de Dios había una pared que impedía la entrada a los gentiles bajo pena de muerte. Bien puede ser que Jesús fuera movido a indignación por el exclusivismo del culto judío, y que quisiera recordarles a los judíos que Dios no los amaba sólo a ellos, sino a todo el mundo.
COMENTARIO EXPLICATIVO:
A veces nos imaginamos a Jesús únicamente como un hombre manso y pacífico, que nunca levantaba la voz. Pero en este pasaje vemos la indignación santa de Jesús explotando con la fuerza de un volcán. Y con toda la razón del mundo.
Para entender el enojo de Jesús, hay que ver el descarado "negocio de la fe" que tenían montado los líderes religiosos de la época:
- Extorsión monetaria: Los campesinos y campesinas pobres viajaban durante días o semanas desde países lejanos para adorar a Dios en las fiestas. Cuando llegaban al Templo con su dinero para pagar el impuesto sagrado, los cambistas les decían que su dinero no servía y les cobraban comisiones desorbitadas por cambiar la moneda. ¡Les cobraban casi el salario de un día solo por el cambio de moneda!
- Estafa con los animales: Si un humilde agricultor traía una palomita sana desde su casa para ofrecerla a Dios, los inspectores del Templo la examinaban, le ponían cualquier excusa ("no, esta ala tiene una plumita defectuosa") y la rechazaban. Luego, le obligaban a comprar una paloma vendida dentro del Templo a un precio hasta veinte veces más caro. Toda esa red de puestos de venta pertenecía a la familia del Sumo Sacerdote Anás, quienes se estaban enriqueciendo descaradamente a costa del sudor de los pobres.
- Cero respeto por los extranjeros: Este mercado ruidoso, lleno de gritos, regateos, balidos de ovejas y olor a estiércol, funcionaba en el llamado Atrio de los Gentiles. Ese era el único lugar del Templo al que las personas de otras naciones tenían permitido entrar para buscar a Dios. Los religiosos habían convertido el único espacio sagrado para los extranjeros en un mercado de pulgas ruidoso y mugriento. No se podía ni orar ni meditar.
- Usar la iglesia como atajo: Además, la gente usaba los patios del Templo como un atajo de la ciudad para no dar la vuelta a la montaña, cargando sacos, cajas y mercancías en medio del recinto.
Jesús no aguantó más tanta hipocresía y descaro. Volcó las mesas, hizo rodar las monedas por el suelo, expulsó a los comerciantes y les gritó en la cara que habían convertido la casa de oración de Dios en una cueva de ladrones.
Esta ira de Jesús nos deja lecciones clarísimas para hoy:
- Dios aborrece que se use la religión para enriquecerse o explotar a la gente humilde.
- La casa de Dios y la fe deben respetarse; la verdadera adoración exige reverencia, no espectáculo ni comercio.
- Dios ama a todas las personas y naciones por igual; nadie tiene derecho a bloquearle el acceso a Dios a los demás por prejuicios ni por discriminación.










